Chicos, esto ha estado muy seco últimamente pero no he tenido musa y el ocio excesivo me ha hecho demasiado daño. Las buenas noticias son que poco a poco seguiré escribiendo en la famosa página Pixfans, donde han tenido a bien acogerme y publicarme ya un breve artículo.
También tenía pensado que si alguno de vosotros viera viable una colaboración para que este bitácora siguiera adelante con más fuerza, podéis dejar en un comentario vuestro interés o mandarlo a yoshirider@hotmail.es. Después miraríamos el camino a seguir y demás.
Cualquier cosa vale para no pararse.
Ah, stranger, thou have made it this far. What is thy business here? Allow me to greet thee and welcome thee to our humble castle, land of night. The organ is playing as the Master waits for his most... distinguished guests. Feel free to wander about and speak thy mind, but do not ever dare be an insolent boy. There shall be no games here. If thou shall not behave, be gone. Now come and let us all feast this night. We will meet again!
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martes, 18 de enero de 2011
jueves, 25 de febrero de 2010
Una prueba de tolerancia
Eso es lo que tuvimos que pasar ayer mi compañero Luxord y yo, que sufrimos el robo súbito de nuestras sendas PSPs mientras jugábamos tranquilamente. Los hechos se dieron en el centro comercial Coliseo Zubiarte, un edificio novísimo a diez minutos del centro de la ciudad y a cinco del museo Guggenheim, del de Bellas Artes y en pleno paseo de Abandoibarra. Por dicho centro pasa muchísima gente a diario, hay decenas de tiendas, unas 8 salsas de cine (alguna de tres dimensiones) y tres pisos de diversión consumista.
Yo, que sufro de extraños dolores de pierna, propuse a mi chico que nos sentáramos antes de emprender el camino a mis clases de chino. Al poco, le enseñé mis últimos avances en el Final Fantasy: Dissidia (llevaba más de 230 horas de juego) y lo reté a unas peleas. Al poco, dos muchachos que después supimos que eran de origen árabe, embistieron contra nuestras consolas con las manos y nos las arrebataron. Obviamente, se dieron ipso facto a la fuga.
Salimos tras ellos y vimos que se dirigían al parque, donde nos aventuramos después de hablar con los guardias del centro comercial. Por supuesto, no dimos con ellos, aunque dejamos constancia de lo sucedido a dos guardias que andaban por allí. Seguidamente, nos dirigimos a las dependencias de la Ertzaintza (la policía local), donde pusimos una denuncia.
Es la primera vez que pierdo algo de este modo, y más algo tan importante para mí como la PSP, que en estos tiempos de duro trabajo era lo que más me evadía y me relajaba. Sobra decir que el odio y el rencor ardían dentro de nosotros, aunque a Luxord lo absorbieron las llamas y acabó por destrozar su paraguas de un golpe.
Ya no esperamos recuperar nuestras consolas, pero no duele mucho no ver a esos indeseables, al menos, atrapados. Ahora entiendo lo que es que simplemente atrapen a los cacos, lejos de pedir una remuneración. Mientras tanto, no paro de recordar el momento en que dejé de ver a Zidan en la pantalla para ver una mano ladrona. Es algo que me carcome por dentro, pero poco a poco voy calmándome. Lo más horrible de la historia es la rabia que no puedes desatar y, por supuesto, la impotencia de hacer nada contra esos sobreprotegidos vándalos, que encima atacan a plena luz en un sitio tan céntrico y, hasta el momento, seguro.
Me sabe fatal que esos malnacidos tengan que venir a joder a la gente que no ha hecho nada malo. Que rompan la paz de una larga jornada que dos personas comparten con una cosa tan tonta como robar dos consolas portátiles. Encima, esos hijos de puta pasan a engrosar la lista de inmigrantes (magrebíes, para más inri) que sólo están aquí para tocar los cojones a los ciudadanos normales. Yo por ahora acepto que hay mucha gente inocente del mismo origen, pero no es un sentimiento tan común como debería. Aunque, por otro lado, esto sólo refuerza mi idea de tomarse los asuntos sociales como la inmigración o la educación con mano dura, que mucho derecho y mucha protección no hacen sino perjudicar a quien merece esa defensa. En resumen, que sigue vigente lo de que pagan justos por pecadores.
Yo, que sufro de extraños dolores de pierna, propuse a mi chico que nos sentáramos antes de emprender el camino a mis clases de chino. Al poco, le enseñé mis últimos avances en el Final Fantasy: Dissidia (llevaba más de 230 horas de juego) y lo reté a unas peleas. Al poco, dos muchachos que después supimos que eran de origen árabe, embistieron contra nuestras consolas con las manos y nos las arrebataron. Obviamente, se dieron ipso facto a la fuga.
Salimos tras ellos y vimos que se dirigían al parque, donde nos aventuramos después de hablar con los guardias del centro comercial. Por supuesto, no dimos con ellos, aunque dejamos constancia de lo sucedido a dos guardias que andaban por allí. Seguidamente, nos dirigimos a las dependencias de la Ertzaintza (la policía local), donde pusimos una denuncia.
Es la primera vez que pierdo algo de este modo, y más algo tan importante para mí como la PSP, que en estos tiempos de duro trabajo era lo que más me evadía y me relajaba. Sobra decir que el odio y el rencor ardían dentro de nosotros, aunque a Luxord lo absorbieron las llamas y acabó por destrozar su paraguas de un golpe.
Ya no esperamos recuperar nuestras consolas, pero no duele mucho no ver a esos indeseables, al menos, atrapados. Ahora entiendo lo que es que simplemente atrapen a los cacos, lejos de pedir una remuneración. Mientras tanto, no paro de recordar el momento en que dejé de ver a Zidan en la pantalla para ver una mano ladrona. Es algo que me carcome por dentro, pero poco a poco voy calmándome. Lo más horrible de la historia es la rabia que no puedes desatar y, por supuesto, la impotencia de hacer nada contra esos sobreprotegidos vándalos, que encima atacan a plena luz en un sitio tan céntrico y, hasta el momento, seguro.
Me sabe fatal que esos malnacidos tengan que venir a joder a la gente que no ha hecho nada malo. Que rompan la paz de una larga jornada que dos personas comparten con una cosa tan tonta como robar dos consolas portátiles. Encima, esos hijos de puta pasan a engrosar la lista de inmigrantes (magrebíes, para más inri) que sólo están aquí para tocar los cojones a los ciudadanos normales. Yo por ahora acepto que hay mucha gente inocente del mismo origen, pero no es un sentimiento tan común como debería. Aunque, por otro lado, esto sólo refuerza mi idea de tomarse los asuntos sociales como la inmigración o la educación con mano dura, que mucho derecho y mucha protección no hacen sino perjudicar a quien merece esa defensa. En resumen, que sigue vigente lo de que pagan justos por pecadores.
De lo malo, malo, he conseguido concienciar a una persona de que mi propuesta de que exista un cuaderno de muerte y de que exista asimismo nuestro Kira libertador (^^¡¡¡Kira es Dios!!!^^) no es sólo algo más que conveniente sino necesario.
En fin, al final, los únicos que están contentos son esos delincuentes malparidos que personalmente no merecen ni dudas ni defensas ni piedad ni beneficios. Quizás robar a un ladrón pueda reportar muchos años de bendición, pero ser un cabronazo hijo de puta sólo reporta, a mi juicio, la inmediata condena de erradiccación inminente.
En fin, al final, los únicos que están contentos son esos delincuentes malparidos que personalmente no merecen ni dudas ni defensas ni piedad ni beneficios. Quizás robar a un ladrón pueda reportar muchos años de bendición, pero ser un cabronazo hijo de puta sólo reporta, a mi juicio, la inmediata condena de erradiccación inminente.
miércoles, 23 de septiembre de 2009
Bang, bang
I was five and he was six. We rode on horses made of dreams. He wore white and I wore red. He would always win the fight.
Bang, bang, he shot me down. Bang, bang, I hit the ground. Bang, bang, that awful sound. Bang, bang, my baby shot me down.
Seasons came and changed the time. Now I'm not sure I'll call him mine. He may look back and then say, "I recall the way we played.
Bang, bang, he shot him down. Bang, bang, may hit the ground. Bang, bang, that awful sound. Bang, bang, my baby shot me down".
Music played and people sang. Just for me the church bells rang.
Now he's gone, I do know why. And till this day, I always cry. He only came to say goodbye. He never said a word of lie.
Bang, bang, I shot me down. Bang, bang, I hit the ground. Bang, bang, that awful sound. Bang, bang, my baby, shoot me down...
Bang, bang, he shot me down. Bang, bang, I hit the ground. Bang, bang, that awful sound. Bang, bang, my baby shot me down.
Seasons came and changed the time. Now I'm not sure I'll call him mine. He may look back and then say, "I recall the way we played.
Bang, bang, he shot him down. Bang, bang, may hit the ground. Bang, bang, that awful sound. Bang, bang, my baby shot me down".
Music played and people sang. Just for me the church bells rang.
Now he's gone, I do know why. And till this day, I always cry. He only came to say goodbye. He never said a word of lie.
Bang, bang, I shot me down. Bang, bang, I hit the ground. Bang, bang, that awful sound. Bang, bang, my baby, shoot me down...
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