domingo, 31 de mayo de 2009

¡Y qué pequeño que soy yo!

Hoy tengo el corazón encogido. Me siento nimio e insignificante. Hace tiempo que creo que parte de mi vida se ha ido al traste. Mis ambiciones se vuelven preocupantemente moderadas, mis fuerzas se reducen a números de fácil manejo y mi motivación se ha quedado sin gasolina. Siento que hay un mundo fuera que me estoy perdiendo y que no tengo ni ganas de fuerzas de retomar el sano trabajo.

Me he dejado engañar por mí mismo y me veo arrastrado a una laguna en la que nadar es exquisitamente placentero pero perfectamente inútil, como diría Oscar Wilde. Hay un millón de trabajos, estudios y empresas que debería estar llevando a cabo pero he dejado que me drenaran las ganas de moverme y ahora sólo me queda un resquicio de aprendizaje y voluntad de conocimiento muy limitado y pasivo. Me he ido quedando vacío tan lentamente que para cuando me he dado cuenta, ya sólo soy una caricatura de lo que era. Mis inquietudes y mi labor se han perdido en el tiempo por culpa de la pereza y el desánimo y ahora estoy perdido en las aguas del placer absoluto y el lujo inmerecido.

La escena está pidiendo a gritos un mar de lágrimas pero yo soy incapaz de hacer nada porque he sido atado por mis propias cuerdas en mi propia caverna. Platón me ha atrapado incluso después de que yo anduviera jugueteando entre lo que creía que era la entrada a su cueva.

¡Ay, cómo añoro ahora mi juventud, en la que tenía a gente que me motivaba a seguir a delante! Creo que me he dejado atrapar en mi propia trampa y ahora no sé cómo salir de ella. Necesito esos estímulos que empujan a uno a hacer de la suya una vida de provecho. Ojalá tuviera la suerte de que pudiera volver a aprender de alguien, de sentirme ignorante y vulnerable. Necesito que alguien me guíe por la vida.

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Réquiem a mi vida.

Hoy me siento estúpido, humillado y diminuto. Bien lo define ese pequeño extracto de la famosa canción de Pastora Soler. He perdido la seriedad. Pero lo que más vergüenza me da, incluso más que yo mismo, es que mi propio corazón, y lo digo con la mano en el pecho, se me ha encogido y los latidos me dolían ligeramente, como cuando se le va la vida a alguien, al pensar en mi estupidez, en mi imbecilidad y en el lamentable estado en que he dejado mi vida, hecha trizas.

2 comentarios:

Maggie McGill dijo...

Andrei...¿Qué te pasa? :S Espero que sólo sea cosa del stress de terminar la carrera...

Closto dijo...

Simplemente me he dado cuenta de que soy anormal. Un poco tarde, pero, bueno.